Reverón. La aparición de un genio

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Armando Reverón (1989-1954) es considerado por muchos como el artista más grande de la modernidad venezolana. Una vastísima obra cargada de originalidad e ingenio le valió el reconocimiento de sus maestros, colegas y contemporáneos, así como de la crítica del arte que se ejercía en la Caracas de entonces, aspecto que se ha mantenido a lo largo del tiempo y del cual hoy somos garantes.

Este reconocimiento, más allá del hecho ineludible del empuje de su gran biógrafo, mecenas y amigo: Alfredo Boulton, corresponde al compromiso personalísimo del artista consigo mismo a muy temprana edad. Desde su paso por los talleres de Arturo Michelena, en la ciudad de Valencia, Reverón descubre la pasión que le daría sentido a su existir y a la que nunca renunciaría. Aunque poco o ningún testimonio de su obra plástica tengamos de esa época, desde ahí se vislumbra el tesón y la constancia de los que serían los intereses futuros del artista.

Cuando Reverón ingresa en 1904 a la Academia de Bellas Artes de Caracas, bajo la dirección de Emilio Mauri, esta convicción lo mantiene firme. A pesar de que la Academia se desarrolla en un ambiente cuyos principios estéticos y artísticos siguen una línea tan conservadora como provinciana, Reverón asimila con buen gusto estos principios, a sabiendas de que el paso del diletante al artista requería de formación y disciplina. Esta actitud y su aptitud lo hacen merecedor de una beca que lo lleva a Europa, donde la certeza del artista como artista se afianza aun más.

A decir de Boulton, Reverón no fue un hombre culto, alguien a quien le haya interesado sobremanera hablar y conocer de los grandes problemas estéticos y artísticos de la historia. Su verbo y su palabra, al parecer, no revelaban a un intelectual del arte de la época, más, sin embargo, su acción, no podía ser menos que la de una gigante del Arte. Reverón fue un artista pleno y a plenitud, con un sentido estético de la vida que hizo de la suya un hecho artístico en todos sus sentidos. Su conciencia del arte como expresión de su ser, de su carácter y personalidad brinda el argumento más sólido de su intelectualidad. En este sentido, podríamos decir que su paso por Europa lo trajo más cargado de si mismo que de la Historia del Arte.

Su adscripción al Círculo de Bellas Artes, una vez de vuelta a la patria, revela nuevamente el carácter genuino de ese compromiso. Este espacio, revolucionario y contestatario, brindaba la posibilidad de emancipación y autenticidad que la personalidad libertaria de Reverón requería. El Círculo de Bellas Artes constituyó no sólo es el hito que cambiaría el rumbo de la Historia del Arte en Venezuela, sino que fue también el espacio para la consolidación del pensamiento moderno en Reverón y sus compañeros de grupo.

A partir de entonces el arte ya no se enseñará como antes, no se vivirá como antes y no será como en el pasado. El arte pasará a ser, como diría Belting, más una idea que una profesión, “las obras que en el pasado ilustraron una idea religiosa o social, ahora se esperaba que pusiesen en circulación la idea del arte y de la historia del arte” (Danto, p. 49). Y, en ese sentido, los artistas del Círculo no se hicieron esperar. Desde la publicación de sus bases el 28 de agosto de 1912 en el diario El Universal, estos artistas dejan claro sus ideas estéticas evidenciadas, además, en el conjunto de obras que llevan el sello del vínculo particularmente intenso con esas ideas.

Aquella fue la escuela de los paisajistas, de los bohemios, de los que, aunque no usaba la blusa y la chalina, relucían en actitud artística con sus vestimentas a la usanza común. El Círculo de Bellas Artes fue la escuela que se rebeló contra las normas de la Academia de Bellas arte y su director. La escuela de los que salían a la ciudad a pintar directamente la naturaleza, que pintaban con modelos desnudas, los que no trabajaban por encargo para complacer el gusto oficial.

Asumen el reto de organizar sus propios salones, exposiciones y vender directamente a un público que no estaba precisamente inclinado hacia el coleccionismo. Señala Boulton, que para la época no habrían más de quince
compradores de arte en toda Caracas, de allí los estrépitosos vaivenes de la economía del grupo, sostenido por vendimias, rifas y la generosidad de sus benefactores.

Los integrantes del Círculo tienen el espíritu libertario de los impresionistas de París, el ímpetu del rechazado que cree en sí mismo y la fuerza del colectivismo de quienes, en la media, no sobrepasan el cuarto de siglo en edad. Reverón hace parte activa de este grupo, y aunque viene de una estadía en Europa, es en el Círculo donde recibe el impulso que lo conecta con lo que definitivamente será su obra. Es en el Círculo donde conoce a Mutzner, a Boggio y a Ferdinandov que llegan entre 1916 y 1919 a Caracas. Es en el Círculo donde, a la luz del intercambio y la tertulia, se despierta el sentido de pertenencia y de identidad.

Es sin duda la época gregaria del artista y al mismo tiempo la de su búsqueda interna.

Con el lento desvanecimiento del grupo, que va desde 1916 hasta la última exposición colectiva en 1928, viene la aparición del genio de Reverón. El epítome de su autoreconocimiento. La historiografía coincide en situar este momento en su mudanza al litoral guaireño, la construcción del castillete y el encuentro con Juanita, quien comparte, junto a la luz tropical, su musa e inspiración. Allí resuelve Reverón su modo de conectarse con el mundo. No es de todo cierto su renuncia al exterior y al contacto con la gente. Su psiquis solventa de una manera particular esta relación. Toma de ello lo esencial y lo pinta. Del exterior: la naturaleza y el paisaje. De la gente: las mujeres; eso sí, siempre en la intimidad del castillete. Con estos dos grandes temas Reverón revela su visión de la totalidad, del aquí y el allá; de lo interno y lo externo; de lo público, lo privado y lo íntimo. De su manera de estar en el mundo. 

Con la llegada a la Guaira y la construcción con sus propias manos del castillete, la mirada de Reverón se agudiza, se hace prístina e intensa. Lo que antes fue rebeldía transmuta a filosofía de vida, cosmovisión, conocimiento; certeza que, sumada a la pasión y al amor por lo que hace, se convierte en sabiduría.

Reverón es un pintor que lejos está de ser sencillo. Tiene un ojo profundo capaz de develar y transmitir no sólo el fenómeno de la luz a través de la poesía del color y su empaste, sino el impacto enceguecedor, al tiempo que iluminador, de la misma. Las atmosferas blanquecinas de sus paisajes del litoral muestran esa dualidad, la que mucho tendría que dar en una interpretación semiótica, no solo de la obra reveroniana en sí, sino también de la cultura visual del habitante del litoral guaireño.

Armando Reverón. El Playón. 1929

El desnudo es el otro gran tema del pintor y de la Historia del Arte. Como hemos dejado entrever, llama poderosamente la atención que no sea entre bosques, mares, caminos, montañas y playas donde encontramos a los personajes de Reverón, máxime cuando Monet ya ha expuesto su “Almuerzo sobre la hierba” en 1863 . Sus desnudos, siempre mujeres, pertenecen a su mundo privado, al espacio que puede moldear, disponer y componer a su antojo, sin que medie el temperamento de la naturaleza y sobre todo el de la cultura con su ética, su moral y sus costumbres.

Al interno del castillete se libera de la asociación cristiana del cuerpo con el pecado y la vergüenza, pero también de la asociación clásica del desnudo con la belleza. Su espiritualidad, más que centrada en la estética del desnudo clásico, con la impronta de lo bello natural y la armonía de las formas, capta el sentido trascendente de lo sexual vinculándose más a las Venus prehistóricas y prehispánicas en su papel como receptoras y reflejo del deseo humano, que a las Venus griegas, renacentistas, barrocas o neoclásicas.

En su período blanco, quizá el de mayor lucidez y madurez, la voluptuosidad de las carnes, la mirada apacible y desentendida de sus modelos, revela una total indiferencia al concepto de la belleza clásica. La imaginería sexual explícita en la obra de Reverón se constituye como un acto de rebeldía no solo en el escenario de los paisajistas, sino en el desnudo clásico como tema, mostrando nuevamente el matiz moderno del artista, que está ante las cosas sin prejuicios, como diría Mallarmé.

En sus desnudos, son rasgos reveronianos los retratos sin notas sicológicas, sin anécdotas, sin acción del gesto. Reverón prescinde del dramatismo en sus imágenes desdibujadas y apuesta por los rostros impasibles, frontales, donde las miradas son sólo miradas, los rostros sólo rostros y los cuerpos sólo cuerpos. Pura presencia. Como si su única razón fuese estar allí, desde y por siempre.

Sorprendentemente, este tratamiento de la figura es distinto en el paisaje. En su interés por la acción de la luz sobre las formas, el gesto es su gran aliado. Extiende el color como si quisiera emular con ello la velocidad de la luz, en una interacción asombrosamente sutil entre la observación y la acción. Al contrario de las escenas de desnudos, en el paisaje, el ritmo y el movimiento guían la mirada hacia una escena viva, palpitante y fugaz, capaz de captar el presente, el cambio, sin accesorios.

Armando Reverón. La Maja. 1939
Armando Reverón. Paisaje Blanco. 1940

Ambos temas denotan el temperamento profundamente moderno del artista, pero a su vez dicen mucho de la crítica que desde un primer momento lo acogió con beneplácito, así como de sus contemporáneos. Sin duda la temprana aceptación de Reverón en los circuitos del arte y en el gusto de los venezolanos deja entrever los aires de renovación de un pensamiento colectivo que va dejando atrás el discurso elevado y preciosista con el que se abordaban los temas religiosos, históricos y costumbristas, para hacer frente a la perdida de seguridad respecto a lo establecido.

La Caracas de entonces, centro donde se dirimían todos los aspectos por los que se enrumbaba el país, discurría entre la represión del caudillo dictador Juan Vicente Gómez y las ansias libertarias que esta misma situación generaba. No sería fácil en esta dialéctica, encontrar el acuerdo explícito o tácito sobre los fines que debía alcanzar el arte. Como diría Galard “Ese objetivo compartido que será, por ejemplo en el Siglo de las Luces, la imitación fiel a la “hermosa naturaleza”, o bien, en el siglo XX, la producción de un objeto válido por sí mismo”. (Danto,p:9) La inexistencia de ese discurso previo, ligado a la cultura, que hace de la maestría de una obra un hecho reconocible, va a jugar a favor del sentido estético que propone Reverón. No es atrevido pensar que, más allá del discurso de las élites ilustradas, de las instituciones del poder que construyeron las identidades colectivas y guiaron la noción moderna de país, su obra alcanzara el reconocimiento de maestría más por el consenso sociocultural de que poseía el “aura” de lo original y de lo único, que de su vinculación a las ideas estéticas modernistas de la historia cultural del país.

Armando Reverón. Desnudo acostado. 1947

Si a ver vamos, en los años veinte del siglo XX venezolano, estamos ante un espectador políticamente aislado y de pasividad forzada, que ha visto y vivido el paso de una Venezuela agrícola que, gracias a la producción petrolera, reorienta su visión hacia el nuevo modo de producción capitalista industrial y comercial, pasando, incipientemente, tímidamente, de una declaración de Estado moderno a un ejercicio real de modernidad.

El gusto nacional, en muchos sentidos, orientó su sensibilidad (quizá a modo de supervivencia) hacia lo cambiante, lo novedoso, lo auténtico. Una actitud que Reverón ejercía de manera particular al darle arraigo y sentido tanto local como internacional. 

Las referencias a la atmósfera tropical, la voluptuosidad y generosidad carnal de sus mujeres, la poética esencial del paisaje de la costa, ponen de manifiesto ese sino de identidad que se inicia en la primera modernidad venezolana; pero lo hace con un lenguaje internacional, con referencias directas e ineludibles a grandes movimientos del arte como el impresionismo, el expresionismo y la abstracción; con consideraciones a grandes maestros como Goya, a quien moderniza en su resemantización y sobre todo, y por sobre todas las cosas, con la actitud romántica del artista, que en la renuncia apuesta todo al vivir como se siente.

Reverón hace así parte de la renovación intelectual de una época clave para el desarrollo del país. No hay manera de ver su obra sin asomarse a la veta que dejó abierta al entendimiento de lo que es el arte y el sentido del mismo. Aunque discrepemos en las razones, es imposible dejar de reconocer su grandeza, su ingenio, y sobre todo, no hay manera de eludir la certeza de que nació y vivió para ser un artista.

Bibliografía

Danto Arthur (2000) ¿Qué es una obra maestra?. Crítica:Barcelona

Delgado, Sonia y Rafael (1981) Fuentes de las Artes plásticas en Venezuela . Caracas: Ernesto Armitano.

Galería de Arte Nacional (2001) Armando Reverón. El lugar de los objetos. Caracas: galería de Arte Nacional.

Liscano, Juan (1994) El erotismo creador de armando Reverón . Caracas: Galería de Arte Nacional.

Museo de Bellas Artes (2007) Armando Reverón. La exposición de 1955. Caracas: Fundación Civil Proyecto Armando Reverón.

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